Hay dos formas tradicionales de escribir sobre cultura pop y las dos están mal. Una es el desprecio del esnob, que considera cualquier producto de masas como contaminación por definición y no se molesta en mirarlo antes de condenarlo. La otra es la condescendencia del divulgador, que pretende tratarla en serio pero asume que el lector es demasiado simple para entender un argumento sin adjetivos amables. Serbandes no hace ninguna de las dos.
La cultura pop no es naca por ser popular. Tampoco es profunda por ser masiva. Es lo que es: una máquina enorme de producción de sentido que opera con lógicas específicas, que responde a presiones económicas específicas, que produce resultados que a veces son brillantes y a veces son vergonzosos y a veces son las dos cosas al mismo tiempo. Paramount deshaciéndose en directo mientras finge control es un síntoma tan legítimo de análisis como el colapso otomano. Una decisión de reparto en una serie de televisión puede revelar sobre ideología contemporánea más que un libro académico del mismo año.
La tesis implícita de cada transmisión de esta categoría: los productos culturales son documentos. No se los trata con reverencia ni con desprecio. Se los lee.